Kim Ji-young: una mujer como nosotras

Si la vida fuera un juego, las mujeres empezaríamos en un nivel más difícil que los hombres. Esto fue lo que pensé al terminar de leer la novela de Cho Nam-Joo, Kim Ji-young, nacida en 1982. La novela narra la vida de Kim Ji-young, una mujer como muchas otras en Corea del Sur, a partir del momento en que empieza a comportarse como otras mujeres que marcaron su vida: su madre, su abuela, su hermana, su suegra, amigas y compañeras de trabajo o de la escuela, conocidas… En todas ellas, reluce un común denominador: el rol social de la mujer, aprendido, enseñado o cuestionado.

A través de anécdotas de Ji-young, entrelazadas y recopiladas por periodo de tiempo, un formato que al final de la historia te quiebra al saber lo que es, la autora nos cuenta las renuncias a sueños, los silencios que duelen y lo que se siente que cuestionen tu valor. La ambivalencia del rol de cuidora del hogar, la desigualdad de género en la escuela, en el trabajo y la familia… Experiencias que bien podrían aplicarse no solo a mujeres surcoreanas de la generación de la protagonista, sino a mujeres de todo el mundo. Y es que Kim Ji-young es el nombre más común en Corea del Sur, una selección que la autora hace a propósito y para comunicarnos algo: su historia podría ser la de cualquier otra. Por eso, notarlo en mi experiencia y en las mujeres en mi vida duele tanto.

Además de contar una historia, Cho Nam-joo proporciona datos estadísticos de su país. Estos otorgan credibilidad fría a la historia, y a su narración un carácter ensayísitico. No pude evitar compararlos con México. La desigualdad de oportunidades, la violencia contra las mujeres, la cultura del machismo, la inseguridad… El mundo no cambia tanto de una locación a otra.

Estuve varios meses con esta sensación amarga flotando en mi pensamiento. El dolor de conocer y de ver; porque añadir conocimiento añade dolor. Y el dolor permanece cuando lo compartes, y lo minimizan o justifican los hechos como el comportamiento natural o conveniente.

¿Cuándo pasamos a llamar normal al comportamiento aceptado por el sistema del mundo en que vivimos? ¿Cuándo se escribió que la mujer debe demostrar con creces su valor en la escuela o el trabajo para ser escuchada? ¿Cuándo, que deba caminar mirando tras su espalda? ¿Cuándo, que la maternidad presente cueste una vida laboral, pasatiempos o el descanso?

Las preguntas son muchas. Y quizá parecerá una respuesta simplista, pero por más que busco causas, más veo que el origen de todo es la maldad de la humanidad. En Edén, Dios los hizo varón y mujer, y los puso como administradores del jardín. No había deseo de dañar, ni codicia, ni temor, ni inseguridad, ni prepotencia. Adán y Eva andaban desnudos, y cuidaban de los animales y comían los frutos en armonía. También él y ella hablaban directamente con Dios y tenían el mismo acceso a Él.

Esto último fue reiterado en la revelación del Nuevo Pacto. En Jesús, judío y griego, esclavo y libre, varón y mujer somos uno. Y en esta unidad somos herederos según la promesa a Abraham. Los que creemos en Dios y aceptamos a Jesús como salvador tenemos la promesa de una ciudadanía bajo un gobierno perfecto. Y la maldad que hay en nosotros será borrada para siempre, y viviremos en paz y justicia. Y el dolor que hemos vivido, la frustración y las lágrimas cesarán.

Esta promesa me da esperanza. Mi paso por este mundo es temporal. Y sí, quizá me fueron dadas limitaciones sociales al nacer mujer, mas estas no son determinantes. Ser mujer me ha acercado a este libro y a la experiencia de otras mujeres, y eso no es en vano. El conocimiento añade dolor, pero también añade conexión y empatía, y abre la puerta al apoyo.

Mujer, no estás sola.

Priscila Chacón

Escritora y astrofísica

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