Señor,
me diste una rosa;
pero sólo florece
si la riega el llanto.
Bendita sea
la lágrima silenciosa
que la abrió
milagrosamente.
Una rosa, Alaíde Foppa
En la autoficción, el germen de la historia es la memoria. Las experiencias vividas, el pasado y las sensaciones asociadas a este. En este género narrativo, la realidad se traduce a novela a través de un código que puede trasladar eventos con fidelidad elevada o emplear una mayor cantidad de adornos o complejidad metafórica. Muchas veces, el autor es personaje y también narrador.
Plasmar la memoria en el lenguaje de la novela es un proceso introspectivo. Contemplativo. Es abrir el corazón y examinar la mente, sumergirse en lo vivido y desmenuzarlo y analizarlo para volverlo a tejer.
Revivir las emociones es inevitable, aunque nunca se las revive igual. Cada vez que contamos un recuerdo, este cambia un poco. Lo reimaginamos diferente (somos un producto de nuestra imaginación, como dijera Rosa Montero). Quizá todos nos contamos autoficción cuando rememoramos, para alegrarnos, para sanar, o como condena. Pues bien, en este proceso contemplativo, las memorias que solemos escoger son las que más nos han marcado o que necesitamos narrar para seguir adelante. Muchas veces, estas memorias duelen.
¿Para qué contemplar la herida y narrarla? Porque la luz se cuela a través de las grietas. Porque es cuando dudamos o nos sentimos perdidos que alzamos los ojos al cielo, y en nuestra oscuridad, vemos mejor las estrellas. Cuando es de día, a menudo olvidamos que los astros distantes siguen allí.
De más joven le preguntaba a Dios por qué me hizo demasiado sensible. Por qué vivo las cosas como las vivo, dentro. Y por qué me es tan difícil contarlo llanamente, en voz audible y en primera persona. Sé que no soy la única. Que muchos tienen voces tan silenciosas como la mía, y tormentas igual de voraces. Entonces dije a Dios: si tengo en mi mano este corazón y experiencias y pluma, sean testimonio de ti. Sean como la luz, para alumbrar mi oscuridad y las de otros.
Poner manos a la obra no es sencillo. Mas tengo la certeza de que Él está conmigo en cada buceo introspectivo, así como estuvo con los discípulos en la barca en medio del mar embravecido. En cada conciencia de debilidad, como roca firme y fortaleza. Como dijera Alaíde Foppa en su poema: gracias, Señor, por mi pena.

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