O eso en lo que pensé mientras pensaba en lo que escribo y como escribo. Tras mi último quiebre, y tras reconectar con quién soy.
- Escribo sobre esperanza en las tormentas. Para arrojar luz a mi oscuridad, y usar mi travesía para alumbrar en la oscuridad de quien algún día lea mis letras. Escribo sobre esperanza porque Dios es mi esperanza y Él es el señor de las tormentas.
- Escribo novela y poesía para Dios, El Gran Escritor. Él es quien merece la gloria, porque Él es quien otorga los talentos y permite que los perfeccionemos. Escribo para Dios porque Él pedirá cuentas al final de la carrera, sí, pero también y con igual importancia, porque Él es quien provee las circunstancias para que pueda disfrutar y persistir en la labor creativa.
- Si escribo novela o cuento, priorizo conocer a quien desencadena la historia antes de plasmarla. Conocerlo o conocerla lo más que pueda: cómo se llama, qué le gusta hacer, dónde vive, qué piensa, qué lo ha marcado, qué necesita contar y por qué quiere contarlo. Converso con él o con ella en mi cabeza. Lo dejo contarme su historia tantas veces como quiera, le doy la libertad de volverla a contar si su memoria le falla, o si su primera narración no era del todo sincera.
- Muchas veces, la mayoría de las veces, quien desencadena la historia tiene una parte de mí en su esencia. En un porcentaje variable. Me gusta pensar que el protagonista es semejante a un cultivo biológico que toma de mi personalidad, sentimientos y experiencias el germen creador. Este protagonista se nutre del ambiente de la historia, de quienes lo rodean y de mi imaginación para convertirse en una persona completa, dentro de la ficción en la que será.
- Lo anterior no es solo por gusto. Entre mis limitaciones está empatizar con otros sin comparar sus experiencias con las propias. Muchas veces esta comparación es a través de símiles, o de un mapeo de las emociones ajenas de su contexto al mío. He aprendido que esta es mi mejor estrategia para comprender a otros. Al trabajar de forma inversa (de adentro de mí hacia la página) encuentro motivación para completar un escrito, porque así conecto con este de corazón.
- Si escribo poesía, permito que sea mi corazón el que use al pensamiento. La poesía, para mí, es orgánica. Instintiva e inesperada, por lo general. Muchas veces es catártica. Al hacer poesía, escribo eso que no puede esperar a investigar o a planear.
- Mientras escribo, edito y corrijo, debo recordarme que no escribo para mi gloria. Que no soy más que un instrumento en manos del Creador. Una artista en mejora constante y a la que Dios hace crecer a través de la experiencia. Una artista a la que Él edita cuando medito en su palabra después de leerla, cuando la interiorizo.
- La metáfora es, para mí, una herramienta para capturar emociones, describir, y contar. Entre mayor sea mi librería de imágenes sensoriales (que involucren cualquier combinación de los sentidos), más precisa será mi expresión. Limitarme a adjetivos me parece austero, y en ocasiones confuso. Por otro lado, utilizo la metáfora como macroestructura de un texto. Esta metáfora son los simbolismos en que cobijo la experiencia y la traduzco en ficción. Soy demasiado penosa para escribir memorias. Mis alegorías de macroestructura preferidas son las que hablan de amor.
- Si mi intención es que el escrito sea leído, necesito priorizar que sea comprensible en los procesos de corrección y edición. Mas antes de que sea comprensible para otros, debe ser comprensible para mí. Perder conexión con el escrito es, imagino, similar a perder un bebé en gestación. Tampoco encuentro razón para atravesar un mar en tormenta si no sé por qué quiero abordar esa barca.
- La escritura diaria es importante, pero es más importante que el escrito diario tenga una razón de ser. Y que esta razón involucre conexión. Esculpir carcasas es un lujo y debo hacerlo con moderación.
- La escritura es el cauce con el que puedo poner en acción los intereses a los que renuncié como caminos principales: la astrofísica, la química y la investigación, entre estos.

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