El día en que se desdibujaron las fronteras de primavera y verano, lloré. Pero el agua de mis ojos se quedó en el camino, vapor caliente y espeso y nublado. Hizo nubes, de esas que el viento se lleva con prisa y que dejan al alma clamando por lluvia.
Ese día de calor, largo como semanas, rodé. Y no pude mirar dentro ni fuera de mí, mareada por el sopor y el recuerdo del invierno. El esfuerzo me quemó, me quemé por el esfuerzo, por buscar alivio en el pasado.
Me pregunté, ¿a dónde van las nubes cuando la humedad es media? ¿Y por qué recibo solo tormentas de arena?
Deseé que las noches crecieran y los días menguaran, o volverme un ser de la noche y escapar la rutina de mi ecosistema. Vivir en el mar nunca fue tan tentador, en el mar y no en la costa.
Mas de qué sirve desear si el deseo se queda en palabras. De nada, si la respuesta es paciencia.
Cierro los ojos y contemplo mi tormenta. Debajo de este techo y en medio de estos vapores, respiro, mis dedos se mueven, mi mente piensa, aunque lento. Mi corazón late, mi cuerpo suda, mi alma sueña y las ideas persisten. ¿Qué es el calor sino el fuego, la prueba? ¿Y qué es mi afrenta, sino mi queja?
¿Cuántos no escribieron en la cárcel, o en la escasez, o a la fuega, o en lo escondido? ¿Y cuántos no lucharon con más que un verano que se hace llamar primavera? ¿Quién soy yo, para rendirme y ahogarme en que tal síes?
Ese día de verano al que llamaba primavera, me detuve. Aflojé mis puños y dejé que la sal corriera. Porque en la quietud y a la sombra, incluso el aire caliente es fresco.

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