La edición de mi novela en curso se ha alargado más de lo que contemplaba. Al comienzo de la primavera se cumplió un año de que inicié la reescritura, y reconozco que ponerlo en palabras me afecta más de lo que quisiera. Me hace sentir lenta y e inútil, y el síndrome del impostor susurra en mi nuca que no soy suficiente para escribir lo que tengo pensado, que mis planes para el cierre de la novela no tendrán el impacto o la ejecución que busco. El impostor me susurra que lo piense mejor, que haga un cambio más, que relea de nuevo, o que replantee el último arco. Y en verdad, en verdad que lo he escuchado.
Así es como pasé de escribir al menos 500 palabras al día a 100 unas veces y otras 500. Y escribirlas cansa, pero no quiero rendirme. Mi mente de me dice que prosiga y que no desmaye, que hay una razón para que las experiencias que traduzco en la historia tengan esa forma y esté en mí el deseo de compartirlas.
«Serás más inútil si te guardas esto y no lo pones en palabras», me dice. «No sabes que hay un ave en la copa del árbol si no la escuchas. De nada sirve encender una vela si la pones debajo de un cajón. O ser un espejo, aunque sea sucio o agrietado, si permaneces en tu funda convencida de que eres mala para reflejar».
La oigo, y me digo «persiste». «Aunque este sea el único libro que vas a escribir, persiste».
El impostor contraataca. Me dice que no terminaré. Que hay decenas o cientos más ágiles que yo. Escritores constantes y talentosos que escriben novelas mejores, que ya han publicado y que siguen publicando. Servidores con un futuro envidiable frente a mi ineptitud y volatilidad. Y me compara con ellos.
Siento que me hundo, y me acuerdo de Pedro. De esa charla que tuvo con el Maestro a la orilla de la playa la última vez que se vieron. Habían comido pan y pescado, ellos y otros seis, entre estos Juan, el discípulo amado. Juan camina detrás de Jesús y de Pedro, y en la mente del último aún resuena el «¿me amas?» y la forma en que habría de padecer en su labor, como le reveló el Rabí. Quizá para aliviar su corazón, Pedro pregunta sobre el futuro de Juan. Las palabras del Maestro son un bálsamo para mi corazón, y lo pesado que me es escribir un párrafo en estos momentos: «Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú» (Juan 21:23, fragmento).
Y lo escucho: Si yo quiero que ellos escriban decenas de libros. Si yo quiero que escriban más rápido y publiquen. Si es mi voluntad que la constancia se les dé mejor, o que editen más rápido, o que batallen menos con su cuerpo y biología. Si quiero darles más talentos. ¿Qué a ti? Escribe ese párrafo y persiste. Escribe esa novela como si fuera la última. Sígueme tú. Sírveme tú.
Entonces, regreso mis manos al teclado y alabo. Porque soy mil veces más pequeña que Pedro, y el cuida de mí como de las aves.
«¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío» (Salmo 42:11).

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