365 susurros al corazón

Una cosa que solemos hacer al comienzo del año es pensar en qué nos gustaría hacer a lo largo de este. Comparado con 2025, en 2026 he visto más veces disfrutar de los días, disfrutar de lo que amamos y, de una forma u otra, el «vivir un día a la vez» entre los propósitos de amigos y conocidos. Esto me gusta porque libera de las expectativas (que fácilmente se rompen), de la frustración y del afán. Pero también me inquieta porque vivir sin metas es como navegar sin rumbo y sin brújula, y no quisiera algo así para nadie.

Por esta razón, hoy quiero hablarte de un hallazgo con el que di en 2025 y que podría serte útil para navegar por 2026 con una brújula sin falla.

Un acompañamiento diario

El año pasado mi meta global fue escribir con amor. Y no hay mejor manera de aprender a amar que leer la historia más grande de amor jamás escrita: la de Dios por su creación, por nosotros. Así que me di a la tarea de leer la Biblia diariamente y de principio a fin, algo que (para vergüenza mía) no había hecho aún teniendo años como creyente y peor aún, habiendo nacido en familia cristiana.

Muchos días no quise leerla, otros disfruté, unos más leí lo de dos o tres días a veces encantada, a veces no queriendo quedarme atrás y otras como abriendo la puerta de la casa a un invitado inoportuno. De este viaje de 365 días pude ver la relación de cuidado de Dios hacia nosotros, su pureza y celo, su justicia y amor, y su infinita paciencia para con el hombre, para con mis propias carencias y vanidades. Como él es Emanuel a pesar de mí, y su presenciame renueva en los días de agotamiento, y alumbra cuando me siento perdida.

¡Y qué variedad de géneros literarios, de estilos, de voces narrativas y de personajes! ¡Qué riqueza de metáforas y profundidad de personajes! ¡Qué manejo del ritmo en sus más de sesenta libros!

Quién sospecharía la Biblia es también una joya literaria.

Un hallazgo menos evidente

Una ganancia menos evidente de este ejercicio es el hambre y la sed. Yo le pedía a Dios que me hiciera desear su palabra y la comunión con él, algo que antes de 2025 solo había buscado en la oración y al cantar, y en lecturas esporádicas. Como un niño que va a contarle sus cosas y aventuras a su padre y a darle gracias por sus regalos, pero rara vez se detiene a escuchar la respuesta del padre.

Al comienzo de enero de 2026 estuve escribiendo y «descansando» de leer la Biblia, y me sorprendí de que mi pensamiento deseaba volver a escuchar sus palabras en mi cabeza. Su palabra se había vuelto una compañía necesaria, una que buscaba porque sin ella me sentía débil y que me faltaba algo.

Jesús dijo que él es el pan de vida, el agua viva. Lejos de él, el alma siente la distancia y con el tiempo se debilita. Y un espíritu débil es más fácil de mover con el viento. Doy gracias a Dios porque al volver a leer en 2026, pude comprobar que esta dulce comunión fortalece y nutre. Ahora anhelo crecer más hojas, y alimentarme de sabia para que los botones pasen a flores y a frutos.

Un factor decisivo para lograr esta constancia ha sido llevar una bitácora en que marcar como completadas las porciones leídas. Cada «palomita» en el cuaderno es una pequeña meta cumplida, y algo de que dar gracias a corto plazo. De forma semejante llevo el registro de lo escribo, y de la ficción y otros libros que leo. Así la gratitud por las pequeñas cosas se convierte en algo tangible y visible.

Este año, si Dios permite, volveré a hacerlo para los libros poéticos en la Biblia. Quiero leer más a fondo, y conocer a y aprender de Dios como artista.

Priscila Chacón

Escritora, lectora y astrofísica

Entradas anteriores

¡Gracias por un Año Memorable!

Pensar en el que año que se acaba es como mirar el horizonte al alba. Y mientras el sol aún no nace, pensar en el camino recorrido desde la última vez que estuvimos así. La sucesión de memorias no es la más grata, en mi caso, pero si una para dar gracias.

Una canción de gratitud

El año está cerca de terminar. Un año de crestas y valles, y olas tras olas que que me han hecho caer y alzar la vista a aquél que me sostiene y me levanta. A veces me siento como el eterno cervatillo que aprende a andar, de piernas endebles y con un corazón que persiste…