Comienza los días (o las tardes) con un silbido. Un instante de gozo y de acción de gracias. Los inicia sin palabras, con la voz del corazón, la alabanza del alma y el recuerdo. Lo escucho y me pregunto, ¿ve el rayo de sol a través de las nubes o solo piensa que está allí, calentándolo del otro lado? ¿Es la suya una habilidad que se agudiza con los años?
Lo oigo llamar a los días vacaciones. Dice que no sabe cuándo terminarán, pero que quiere aprovecharlas. Ecualiza la música en las bocinas y continúa con el desayuno; las pequeñas tareas son un juego para él.
Creamos historias a las aves que vuelan de paso, a los gatos, a los búhos y a los mapaches. Me cuenta las memorias de su niñez, sus aventuras en el campo y pescando. Él bromea y rie, a veces demasiado. Es su forma de silbar con palabras.
Permanece al alcance de un llamado. Su prioridad es estar cuando es necesario. No se expresa con palabras bonitas, y sin embargo, siempre acude de buen ánimo. No le importa nuestra clasificación de los asuntos, o si los llamamos urgentes o tontos. El acude, si le contamos. Si le cuento.
Sus pasiones son distintas a las mías, aunque su forma de hablar de estas se asemeja. Cadenas unidas por símiles, figuras o recuerdos o sonidos. Tiras que fraccionan o nos cortan con tijeras. Que he cortado, también. Quiero escucharlas terminar, y vencer mi impaciencia.
Es valiente, y si teme se lo guarda. Siempre está al tanto del mundo, de la economía y de la ciencia, de las guerras y sus rumores, de las nubes de lluvia. Conduce conmigo por lo ancho del mundo y me ofrece consejos, soluciones y enseñanzas. Su innovación no deja de sorprenderme, en lo pequeño y cotidiano y en la imaginación.
Es imperfecto, pero se parece tanto a ti, Señor, que solo puedo darte gracias por la inmensa fortuna de llamarlo papá.

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