Una escena recurrente de las veces que he visto películas sobre artistas, es esa en que el personaje se aleja del lienzo. Da unos pasos atrás, dos o tres, y desde la distancia examina la obra en proceso. La herramienta en su mano y el índice y el pulgar se convierten en instrumentos para medir profundidad y perspectiva, distancia y relación. Luego, terminado el examen, regresa a pintar.
El cuadro me recuerda a la edición porque ambos son procesos intermitentes. A diferencia de la escritura del primer borrador, que muchas veces es más fluida, la edición requiere levantarse del banquillo bastante a menudo. Porque si solo miramos la obra desde el asiento del creador, perdemos la perspectiva del lector, el observador final.
¿Se ven los mismos detalles a una distancia de unos días? ¿Y de una semana? ¿Son los trazos armoniosos y continuos cuando deben serlo, y puntuales y secos cuando se requiere? ¿Los detalles sobreabundan en una sección? ¿Hay escasez de color en alguna parte? ¿Son las imágenes realistas? ¿Se puede escuchar el cuadro? ¿Están conectadas las secciones con la trenza de causas y efectos?
Estas y otras preguntas se responden mejor de pie. A veces incluso después de una merienda o un viaje a ese lugar al que necesitamos ir pero la impaciencia nos mantiene postergando.
Y tomar notas. Eso también es útil. La bitácora son las anotaciones del editor, las que surgen cuando nos ponemos el sombrero del lector e imaginamos que el cuadro es ajeno.
Esta primavera es mi estación para editar. Para podar la planta y lograr que reverdezca y floree. ¿Lograré mi cometido? Con la guía del Editor Mayor y la ayuda de los lectores beta, será posible.

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