Uno de mis propósitos de 2025 es leer la Biblia completa, o al menos el Antiguo Testamento.
Soy cristiana, y esta es la primera vez que lo intento. Sí, algo patético. Solía menospreciar este acercamiento a la palabra de Dios al decir que completarla en un año era una «tarea apresurada», y que a la palabra de Dios debía darle un «trato superior» a cualquier otra lectura que podía devorar en una o dos semanas.
Aunque, en efecto, la palabra de Dios merece ser tomada con mayor seriedad que cualquier otro libro, ahora pienso que estaba equivocada al abstenerme de leerla en un año. Sobre todo si buscas tener una visión panorámica y, al igual que yo, te motiva llevar un registro de tu lectura y necesitas de disciplina para hacerlo.
Estoy agradecida porque hasta hoy he encontrado muchas cosas que me hacen pensar en, y conocer más de, el Dios al que quiero servir con mis escritos.
Cuando leí el libro de Éxodo, en febrero, una escena que llamó mi atención fue el llamamiento a los sabios de corazón para todas las obras del servicio del santuario. La historia se encuentra en el capítulo 35 y el comienzo del capítulo 36 de este libro. Sucedió que Jehová había hablado con Moisés sobre la forma en que debía construir el tabernáculo, el altar, el propiciatorio, entre otros instrumentos para su servicio. Dio instrucciones específicas sobre materiales y diseños, tamaño y uso. Y el pueblo de Israel, hombres y mujeres, trajeron presentes para construir la morada de Dios.
La historia dice que las mujeres sabias de corazón que hilaban con las manos trajeron lo que habían hilado. Y las telas eran azul, púrpura, carmesí y lino fino. Y todas las mujeres cuyo corazón las impulsó en sabiduría hilaron pelo de cabra y trambién lo trajeron. El resultado fueron telas preciosas, que los artesanos transformaron en las tiendas del tabernáculo (las exteriores y las interiores), vestiduras sagradas y protección para el arca cuando fuera transportada, por ejemplo.
La idea de hilos y tiendas, y estructuras que guardan el lugar donde moraba Dios me hacen pensar en la labor del escritor cristiano.
Hilamos ideas, y las ofrecemos para resguardar el mensaje de Dios. Por lo tanto, nuestras palabras deberían de asemejarse a estas telas preciosas, y ser hiladas con sabiduría de corazón y convertidas en la obra final con sabiduría e inteligencia.
Sé que es un estándar alto, y muchas veces me pregunto si soy capaz de alcanzarlo. Por eso, en cada sesión frente a la computadora o al cuaderno, mi telar, pido al Señor que me instruya y guíe para que mi obra pueda ser usada para contener su mensaje.
El primer paso, ahora estoy convencida, es proveer a mi corazón de esa sabiduría diaria leyendo su palabra.

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