5 Historias de amor que trascienden el tiempo

Hoy en día abundan las historias de amor. Y cada vez se inventan más. Sin embargo, hay algunas que siguen leyéndose a pesar de las décadas y décadas que llevan publicadas, como si trascendieran el tiempo.

¿Qué características tienen que las hacen especiales? Además de servir de ejemplo para la creación de las historias modernas, muchas de ellas retratan un amor inspirador, de esperanza y entrega. Un amor del que tomar un par de atributos para aprender a amar, y para soñar con una relación cálida y que te abraza. O que viene a la memoria como un recuerdo querido, solemne o preciado.

Las historias que presentaré aquí se encuentran en libros clásicos, y comprenden amor más allá de la idea romántica a la que popularmente se asocia el mes de febrero. No todas tienen final feliz, y algunas bien podrían llamarse tragedias. Sin embargo, palabra de lectora, son relatos que disfrutarás si confías en la prueba del tiempo.

Así pues, comenzaré por el relato más cercano al presente.

Amor, nacido de expiación

(Los miserables, de Víctor Hugo. Publicado en 1862)

Esta novela tiene más de una historia de amor. Esta vez me centraré en una que en su momento no me llamó tanto la atención, pero que por su crecimiento y floración lentos tiene una belleza especial.

La historia comienza con Jean Valjean, un hombre que acaba de concluir su sentencia en presidio. En libertad condicional y tras enfrentar el rechazo, Valjean es hospedado por el obispo Myriel, a quien más tarde devuelve mal por bien al tratar de robar su platería. El obispo lo descubre en el delito, pero en vez de acusarlo, le regala las cosas que tomó. Esta misericordia vuelve a la memoria de Valjean cuando hurta unas monedas a un pequeño deshollinador. Valjean se siente culpable y busca al niño para devolverle las monedas, pero no lo encuentra. Allí comienza su camino de expiación, en que imita al obispo y ayuda a los menos afortunados. Valjean toma diferentes alteregos para escapar del policía Javert y continuar con sus buenas acciones, pues este último cree que su actuar es solo una máscara y que su deseo es hacer mal, como todo el que alguna vez cometió una falta.

Dos de las personas a las que Valjean ayuda son Fantina y su hija Cosette. Cuando la primera fallece, Valjean se hace cargo de la niña. Lo que comienza como una responsabilidad, crece hasta convertirse en un cariño profundo, como el de un padre. Esto hace que él se inquiete cuando cuando Cosette se enamora de un muchacho, porque significaría que la ahora jovencita dejaría de estar a su lado. Trata de alejar al muchacho e impedir que se encuentren, pero los jóvenes se las arreglan para verse a escondidas, y su enamoramiento pasa a un cariño más profundo.

Valjean luego conoce que el muchacho simpatiza con los revolucionarios, e interviene en el levantamiento de la revolución francesa para salvar al joven cuando queda herido en una batalla. Escapa por las cloacas de París, Javert lo encuentra a la salida e interpreta la escena como un crimen de Valjean. El último promete que irá con Javert si tan solo le deja llevar al muchacho a su familia y despedirse de Cosette. En ese momento, sabe que el joven cuidará de Cosette si él llegara a faltar, así que no lamenta su destino. Javert presencia la escena, e incapaz de aceptar el cambio en Valjean, toma su vida.

Jean Valjean termina sus días en los brazos de su hija adoptiva, quien lo ama tanto como él la ama a ella.

Amor que da vida

(Historia de dos ciudades, de Charles Dickens. Publicado en 1859)

Sydney Carton es uno de los personajes centrales de Historia de dos ciudades, la novela de Charles Dickens que acontence en torno a la revolución francesa. Carton es presentado como un abogado joven que aparenta descuido, pero es también un hombre ingenioso, con gusto por la bebida y que prefiere actuar desde las sombras. Junto con su colega en leyes, gana el juicio que condena a su cliente, Darnay, por traición a Inglaterra. Darnay es un aristócrata francés con una apariencia muy semejante a la suya, que había dejado su país por oponerse al estilo de vida de su familia y que ahora vivía en Inglaterra. Esta coincidencia física adquiere importancia a medida que la historia progresa.

Carton y Darnay se hacen amigos, y el primero piensa que la vida del otro podría ser la suya si fuera menos cobarde, dejara la bebida y el auto-desprecio por todos los errores que ha cometido hasta entonces, y estuviera dispuesto a cambiar y a defender de frente lo que valora como justo. La trama progresa, y ambos amigos se enamoran de Lucie Manette, una muchacha virtuosa. Carton se siente indigno de ella, y aunque le confiesa sus sentimientos, esta expresión es más bien una promesa de permanecer amigo de ella y de Darnay, a quien la joven ama.

Darnay vuelve a Francia y es atrapado por los revolucionarios en la ahora época del terror. Allí es condenado por los crímenes de sus ancestros. Lucie sigue a su esposo al oír la noticia, y Carton descubre que de acontecer la condena, no solo perdería a su amigo, sino que pondría en riesgo a su amada. Así, idea un plan para sacar a Darnay de prisión, pero este fracasa. Como último recurso, Carton decide tomar su lugar. Nadie lo nota, y él es llevado al patíbulo. Sus últimos momentos son una reflexión poética de que ese podría ser el acto más valiente y significativo de su vida.

Amor que confronta

(Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen. Publicado en 1813)

La novela cuenta la historia de Elizabeth Bennet. Elizabeth es ingeniosa y perspicaz, pero también apresurada para formar juicios de las personas que conoce. Este último defecto es compartido por el señor Darcy, que llega al pueblo en que ella vive como invitado de los Bingley, los nuevos vecinos.

Al interactuar con la familia Bennet, Darcy se siente atraído por Elizabeth. Sin embargo, su orgullo le impide ver su atracción por ella sino como una desventaja, pues la familia de ella no es muy educada, ni la cuna de Elizabeth tan distinguida como la suya. Y Elizabeth no se forma una primera impresión mucho mejor que la suya. En su primera declaración de amor, Darcy afirma «haber luchado contra su buen juicio» para proponer a Elizabeth que se case con él. La respuesta de ella, y sus razones para rechazarlo, son el detonante para que Darcy replantee sus acciones y admita que él también es un hombre de prejuicios.

Él le escribe una carta para defenderse de las acusaciones en su rechazo. Este texto es una de mis partes preferidas de la historia, pues en ellas se lee como la agitación y molestia del autor disminuye del comienzo al final, pasando de la justificación al recuento de los hechos y a admitir sus errores. Su cierre es un deseo de lo mejor para Elizabeth.

Aunque ella lo rechazó, Darcy la sigue queriendo. Y fiel a ese carácter honorable que oculta debajo de reserva y desconfianza (del que Elizabeth es testigo al conocer el testimonio de sus empleados en Pemberley, su interacción con su hermana, y el contenido de la carta), Darcy ofrece ayuda a los Bennet cuando la hermana menor de Elizabeth se fuga. Elizabeth está agradecida, y este agradecimiento se transforma en respeto y aprecio.

No escribiré el final, sino cerraré diciendo que es un final feliz y que para disfrutarlo, hay que leerlo de la pluma de Jane.

Amor y renuncia

(Sentido y sensibilidad, de Jane Austen. Publicado en 1811)

Elinor Dashwood es hermana mayor de Marianne. El nombre de la novela proviene de dos atributos que podríamos asociar a las hermanas, ya que Elinor es una joven sensata, o que pone la razón sobre los sentimientos, y Marianne una joven sensible, que exalta las emociones. A pesar de sus diferencias, Elinor y Marianne son muy unidas, y también con su madre y la hermana menor de ambas. Con la muerte del padre de familia, las jóvenes pasan a ser huéspedes en su propia casa, pues las propiedades de su padre son heredadas por su medio hermano.

Es en esta situación de desventaja económica que Elinor se enamora. Para su desgracia, el objeto de su aprecio es el heredero de los Ferrars, un hombre sencillo pero al que su familia no permitiría una unión desventajosa. La señora Dashwood y sus hijas encuentran una nueva vivienda en la casa de campo de un familiar lejano, y Elinor decide ocultar la tristeza de su separación a su familia para que el dolor de dejar la casa amada no se acreciente por su causa.

En la nueva vivienda, Marianne se enamora del héroe que la lleva a casa en un día lluvioso. El cortejo de ambos es apasionado y fugaz, y así como la dicha fue intensa cuando estaban juntos, también lo es el duelo de su separación. Marianne acusa a su hermana de no amar como ella amó, y Elinor calla, decidida a ser la roca en que su hermana se sostenga. Este silencio se vuelve más doloroso al conocer a la joven que está comprometida con Ferrars y que su amor es imposible. Luego, para empeorar el mal, las hermanas descubren que el supuesto enamorado de Marianne está comprometido con otra mujer.

Sin disciplina en sus sentimientos, Marianne enferma y Elinor la atiende y sufre sus angustias en silencio, porque la quiere. Durante esta prueba, Elinor encuentra en lugares insospechados amigos con los que puede contar y que incluso su madre, a la que llamaba débil, también puede aportarle fortaleza.

Esta es la primera novela publicada por Jane Austen, y está inspirada en la relación filial de la escritora y su hermana Cassandra.

Aunque las anteriores son historias preciosas, todas pertenecen a la ficción. Sin embargo, hay un relato que supera a cualquier invención humana y que ha resistido siglos para seguir siendo la historia más leída jamás publicada: la historia de Jesús.

Él, siendo Dios, escogió renunciar a su trono y a su poder y su gloria para hacerse como uno de nosotros. Nacío y vivió entre los hombres, conoció en carne propia nuestro dolor y sufrimiento. Llevó una vida perfecta, sin lujos pero con blancura de carácter. Fue humilde, aunque su poder era tan grande que, de haberlo querido, podría haber poseído el mundo y rehusado caminar los años para el día en que sería colgado de un madero.

Inocente, fue juzgado de forma injusta. Bebió la copa y sintió la pena de estar separado del Padre. Fue golpeado, burlado, escarnecido y condenado. Horas de suplicio bajo el calor del sol, cada inhalar fue una agonía colgado de esa cruz, el sacrificio más humillante del imperio romano. Aún así, soportó en silencio, como un cordero. Entregó su espíritu, su cuerpo descendió a la tumba. Luego consoló la tristeza de los suyos venciendo a la muerte y resucitando al tercer día.

Su sacrificio no se limita a intercambiar vida por vida aquí en la tierra. No, su entrega va más allá. Jesús murió para que tuviéramos vida eterna, y su sacrificio no fue solo por una persona, ni por los que vivían entonces o los que ya habían muerto, sino también por los que vendríamos después. Él nos amó y entregó su vida sin conocernos durante su paso por la tierra. Lo hizo sin esperar que hiciéramos algo a cambio, porque sabía que nos sería imposible. Nos amó sin merecerlo, y aún hoy retarda su regreso para que más podamos creer en él y aceptar su regalo de vida eterna. Nos amó tanto, que dejó para los suyos un Consolador que enfrenta tormentas y sequías como compañero, una esperanza.

Su historia es la única que aún si el mundo dejara de ser como lo conocemos, jamás quedará en el olvido. ¿La has leído?

Priscila Chacón

Escritora, lectora y astrofísica

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