Tu mundo fantástico perderá su colorido, se marchitarán y morirán tus sueños y caeran como las hojas secas de los árboles. […]
Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo.
Fragmentos de Noches Blancas, de Fiodor Dostoievski
El año pasado tuve el placer de releer uno de mis libros favoritos de Dostoievski, Noches Blancas. Este es mi preferido de las obras que el autor escribió antes de Siberia, la condena que marcaría de forma decisiva el mensaje de sus letras y que maduraría su pluma.
Dostoievski, Fedia, como me gustaba referirme a él cuando yo era adolescente y leía por primera vez sus obras, es para mí un hombre sabio y realista, uno de los retratadores más agudos de la mente y el corazón atribulado.
Incluso antes de Siberia, ya era notable su habilidad para capturar al pueblo ruso con sus letras, y su agudeza al abordar los arquetipos del doble y del soñador, por ejemplo. La pluma de Dostoievski antes de 1849 incorporaba el romanticismo de Europa y esa cercanía con la vida en el campo, donde había vivido un tiempo, y su posterior experiencia como estudiante en San Petersburgo y primerizo en los círculos literarios de su época, por mencionar algunas características.
Noches Blancas acontece durante el verano en San Petersburgo, y en este relato Dostoievski cita algunas obras de la corriente romántica. Muchas de ellas fueron lecturas suyas.
No soy historiadora, ni crítica literaria, sino una lectora. Desde esta perspectiva, cuando hace unos años leí un tomo biográfico del autor (Dostoievski: Las semillas de la rebelión, de Joseph Frank), pensé que debió ser duro para el escritor caer desde el pedestal del éxito que le sobrevino con Pobres gentes y sentir la presión por producir algo grandioso con la urgencia monetaria pisándole los talones.
Fuera la última causada por él, o por las caídas y las enfermedades, me gusta pensar que este periodo fue la preparación que lo haría reflexionar sobre el significado de la vida y para qué era la escritura.
El relato de Noches Blancas y su soñador, con su tono encantador y delicado, emotivo e ingenioso, me atrajo por primera vez al verme a mí misma en sus palabras. El protagonista es un hombre cuya sensibilidad le permite hallar poesía en lo cotidiano, y alimentar sus fantasías de lo que lee en libros, escapando efectivamente de la realidad a un mundo en que puede ser de epopeyas el héroe.
Es curioso como el mismo soñador, con su lenguaje prosaico, se burla de sus sueños, de sus ideales románticos y trillados. Y cuando encuentra a Nastenka, la jovencita que espera a su amado en una noche de verano, descubre ese instante fugaz que hace palidecer todas sus fantasías. Las noches blancas que comparte con ella se vuelven su tesoro, y más adelante, el recuerdo que apreciará por sobre toda belleza que pueda inventar después.
Yo me pregunté, en aquella primer lectura, qué sería de mí si llegara a encontrar un momento así y lo perdiera. Y leía con tristeza la convicción del soñador de que en vano buscaría revivir las fantasías que un día amó y que ahora no eran nada ante el recuerdo.
El mal de este soñador, su aislamiento voluntario y fascinación por la fantasía, es una cualidad que entonces veía como inadecuada. Una «adicción inefable» para el hombre práctico, y la razón de mis quejas adolescentes por el mundo inhóspito que me había tocado habitar.
Cuando el artista y la mente analítica conviven, surge la parodia. Una ambivalencia. ¡Y vaya que Dostoievski la plasmó con su lenguaje encantador y romántico, plagado de comedia ingeniosa, al retratar a su soñador! ¡Y desde una primera persona!
Al releer Noches Blancas el año pasado, me percaté de ese detalle. No podía creer que no lo hubiera visto antes y que hubiera pasado años pensando que la historia era una tragedia.
Yo veía esta tendencia a soñar como un motivo de queja y un mal. Cuando entré a la Universidad, como cara de una dualidad. En el posgrado, como una tragedia. Ahora sé que en el relato están conciliadas, y que es esta dicotomía la que dota de chispa a Noches Blancas y a la vida misma.
Soy una soñadora, y el Señor le dio un propósito a mi «falla». A esa que comenzó con la adicción de crearme mundos mejores, de tomar mundos ajenos prestados, y de vivir con mis horas las horas ficticias. Este deseo de olvidar me hizo acercarme a la literatura, a las letras y a escribir. Y al ir creciendo, Él ha sido bueno para guiarme a una situación en que mis «fallas» y trayectoria me acercan a ser el instrumento que Él planeaba desde el incio. Él es un sabio artista, y me pule con su mano conocedora, me talla y lo seguirá haciendo. A Él sea la gloria, y para Él sean las historias que creo.
¿Eres un soñador o soñadora?

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